viernes, 16 de octubre de 2015

Artur Mas y la estrategia del mártir

La escenografía no puede ser más reveladora. Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat catalana, se planta en lo alto de la escalinata del Palacio de Justicia con una sonrisa resignada. A su alrededor, cientos de alcaldes y simpatizantes alzan sus bastones de mando y sus smartphones. Un baño de masas en toda regla para respaldar al responsable de Ciu, que declaraba estos días en calidad de imputado por cuatro delitos relacionados con la consulta catalanista.

El clímax del absurdo plasmado en una sola imagen. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo un tipo que no consiguió la mayoría en el 2006 se convierte de repente en la voz de un pueblo oprimido? En el año 2010, Mas encontró en la independencia una bandera para tapar sus vergüenzas como líder. En su programa electoral, un punto fundamental que escoraría la balanza de votos en las autonómicas: el pacto fiscal.

Conseguir un modelo de financiación similar al vasco se convirtió en la obsesión del presidente de Cataluña que, si quería calar verdaderamente en una sociedad progresista con unas ideas tan conservadoras tendría que buscar otro estandarte. Lo encontró en la independencia. Convenció a todos de que la emancipación del Estado era el camino más directo hacia el bienestar arrebatado.

La decisión del Tribunal Constitucional, de recortar el Estatuto aprobado por las Cortes catalanas ese mismo año, fue el caldo de cultivo perfecto. Más se encontró, a su llegada al poder, con un pueblo doblemente cabreado con Madrid. Por un lado, el encarnizamiento de la crisis económica y por otro, la tomadura de pelo de una promesa incumplida. Con estos ingredientes solo quedaba agitar la coctelera.

¿Qué cabría esperar de un líder ante semejante panorama? Probablemente todo lo contrario a lo que hemos visto en el señor Mas de un tiempo a esta parte. Autodominio, respeto, sensibilidad y determinación son algunas de las características del líder, que mira siempre por la integración y la confluencia del grupo, nunca por su segregación. A Mas se le olvidó que, como presidente de Cataluña, representa a aquellos que le votaron, pero también a los que no lo hicieron.

Arengado por la crispación general y por la difícil tarea de aunar voces tan dispares para llevar el camino independentista a buen término, Mas ha decidido jugar el papel de mártir. «El responsable soy yo y mi Gobierno», decía tras el 9N. Y vaya si lo era. Aunque no el único.

No sé por qué, cuando más acuciante es la necesidad de líderes, más nos empeñamos en ungir inútiles.

Foto: Andreu Dalmau

Vivo el proceso independentista con una mezcla de tristeza y de hartazgo. Creo firmemente que es Cataluña quien tiene que decidir su propio futuro, aunque probablemente el clima de histeria colectiva (a uno y otro lado de la frontera) no sea el adecuado para tomar una decisión de esa envergadura. La inmadurez democrática de nuestra sociedad tiene una curva creciente. Eso me pone triste. Los cruces dialécticos sin altura política de ningún tipo forman parte de esa puericia. Y eso me harta.