martes, 19 de mayo de 2015

Nos vemos el domingo

Llevo un mes angustiada. Preocupada es la palabra. Se acerca imparable el domingo 24 de mayo y cada día tengo menos claro el sentido que le voy a dar a mi voto. Es la primera vez, desde que alcancé la mayoría de edad, que no me apetece votar. «Son todos iguales», escuché como le reprochaba una mujer al de la gasolinera cuando paré a repostar. «Unos ladrones, unos chorizos y unos sin vergüenzas», recogió el cambio y salió por la puerta sin dar los buenos días. El dependiente rondaba los veintipocos y, a pesar de su sonrisa condescendiente, leí en sus ojos que discrepaba.

Nada más llegar a casa, abrí el correo. Ahí estaba toda la propaganda electoral, un par de cartas del banco y un sobre de Hacienda. Ordené la correspondencia según la previsión de cabreo: Bankinter, partidos políticos y Agencia Tributaria. De menos a más, se entiende. Los primeros me escribían para anunciarme el cobro de comisiones, afortunadamente, nada escandaloso. Cabreo nivel principiante. Los segundos para regalarme un montón de palabras vacías: Cambio, regeneración, bienestar y compromiso eran las que más se repetían. Pensé en la mujer de la gasolinera. Nivel de cabreo: Estable. La tercera fue una bofetada en toda la cara. Según mi borrador, que amablemente redacta un camarada funcionario, tengo que pagarle al Estado 535,68 euros. Cabreo Premium.

Busqué con el mando de la tele a algún gurú del entretenimiento dispuesto a evadirme de tanta contrariedad. Y, a medida que saltaba de un canal a otro, juré darle mi voto al primer partido que garantizase unos contenidos de calidad. Mi cabeza rumiaba agravios de todo tipo, que se zapineaban al ritmo del televisor: «Menudos ladrones, 535 euros. Con lo que cuesta ganarlos. Joder, más de medio sueldo. Luego hablan de los ninis y de las ayudas a los jóvenes, la madre que los parió. Asquerosos». Me reconocí de pronto en aquella mujer de la gasolinera. Y me preocupé.

Es la primera vez, desde que alcancé la mayoría de edad, que no me apetece votar. Sin embargo, el domingo a primera hora estaré en la puerta de mi colegio electoral. No iré porque me hayan convencido sus promesas ni sus discursos de miedo. No iré en defensa de una ideología, de un color o de unas siglas. Tampoco iré por sus programas. Si el 24 de mayo voy a ir a votar es porque no quiero acabar como aquella mujer de la gasolinera, rumiando la mierda resignada a soportar lo que venga. Será mi particular bofetada, mi llamada a la acción, mi tirón de orejas. Nos vemos el domingo, pensé mirando triunfal el sobre de Hacienda. Nos vemos el domingo.


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