jueves, 13 de febrero de 2014

El día mundial de la Radio

Corría el verano del 2006 y yo subía de dos en dos las escaleras de la Cadena Ser. Llegaba tarde. Marcos Sanluis me miraba serio «te llamamos cuando estés allí y nos cuentas». Mi misión era llegar al monte San Pedro y hacer una conexión en directo para el informativo. De camino, iba haciendo acopio en mi cabeza de lo poco que había aprendido en la facultad ese año. Las cinco «ws»: ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué?

Empezaba a llover, sonó el teléfono. Al otro lado del auricular escuchaba «nos vamos en directo hasta el monte San Pedro, allí está nuestra compañera Marta de Dios». Cogí aire ¿cuánta gente estaría escuchando la 93.4 a esa hora? Las cinco «ws» emulsionaron de pronto en mi memoria y sólo acerté a decir: «¡Hola! ¿Qué tal?».

Volví a la redacción andando bajo la lluvia, golpeando con fuerza el suelo, como si quisiera pisotear mi propia torpeza. Tuvieron que pasar un par de años hasta que tuve el valor de ponerme de nuevo ante un micrófono.

Quedan unas horas de este día mundial de la radio. Lo suyo es darle las gracias a quienes la hacen posible, los oyentes. Sí, pero también a los profesionales. Haciendo un repaso por los muros de Facebook, me daba cuenta esta mañana que muchos compañeros de mi generación habrían querido celebrar este día detrás de un micro. Yo he tenido la suerte de poder hacerlo y en buena parte ha sido gracias a todas esas personas que tuvieron la paciencia y la confianza para darme una oportunidad.

Como no quiero dejarme a nadie, no diré nombres, aunque en justicia mencionaré a todo el equipo de RadioVoz (de aquí y de allá, de un tiempo y de otro, de uno y otro lado del cristal). Recuerdo que una mañana de mediados de marzo, sentada frente a un micrófono rojo, de pronto entendí aquella frase que memoricé de corrido en un pasillo de la Universidad: «Para ser buen periodista hay que ser buena persona». Siempre les estaré agradecida por enseñarme a ganarme la vida como más me gusta.

Tampoco quiero perder la ocasión de lanzar desde aquí un grito de protesta. No tiene más fin que la pataleta, porque sé que nada cambiará mañana, pero siento que hoy hay que decirlo. Los grandes grupos de comunicación tienden a tratar la radio como a la hermana fea, pero cuando hay que apostar por la inmediatez y la cercanía, las radios son las primeras en llegar, en contar y en sentir. Seguirá siendo así aunque los teléfonos incorporen 5G y cámaras en 3D.

Sé que los tiempos son difíciles para los que vivimos por y para la radio, pero aun cuando las cosas parecen imposibles y las oportunidades escasas, hay quien apuesta por este medio aunque sea con más aliento que recursos. Quiero lanzar un mensaje de esperanza en respuesta a esos muros de Facebook, porque ocho años después de aquel «¡Hola! ¿Qué tal?», de aquella lluvia y de aquel verano, yo sigo ganándome la vida pegada a un micro, el de GastroRadio esta vez. Sé que soy una afortunada, pero no perdáis la esperanza.


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