lunes, 26 de agosto de 2013

Jóvenes airados

Hace poco unos amigos de mis padres preguntaron por mi salud mental. Me consta que lo hicieron desde el cariño. La formulación vino provocada por textos escritos para este mismo espacio. «Tanto odio dentro» fue una de las frases que pronunciaron. Dejaron la sentencia suspendida en el aire como el filo de la guillotina instantes antes de rebanarle la cabeza a Luis XVI. La incomprensión no entiende de cariños. 

Como no es la primera vez que tildan mis escritos en términos semejantes, quiero apuntar un par de detalles que les ayude a comprender por qué escribo como lo hago. Y por favor, no entiendan esto como una disculpa. Porque no lo es. 

Desde antes de aterrizar en la universidad se me enseñó que la educación era la puerta de entrada al progreso, la prosperidad y el bienestar. Todo resultó ser una farsa. La facultad era un criadero de mediocres que no buscaban aprender, sino lucrarse. Cinco años soportando lecciones de Power Point y firmando partes de asistencia te garantizaban un nivel de erudición suficiente como para embolsarte unos 1.500 euros al mes. De ahí para arriba. Aunque como todos sabréis, la realidad con la que me topé al salir al mercado laboral (2009) fue bien diferente. Aún con todo tuve suerte. Tal vez porque en segundo de carrera –viendo la mascarada- me empeñé en trabajar y ver la profesión desde el terreno. Digo que tuve suerte porque a día de hoy, con casi 27 años, no sé lo que es el paro. 

Sí sé lo que es trabajar de prácticas sin serlo, sé lo que es hacer horas extras sin cobrarlas, sé lo que es trabajar los domingos y los festivos, sin derecho a verano ni a vacaciones. Sé lo que es ir a trabajar con fiebre. Que te duela la cabeza hasta estallar por asumir una responsabilidad que sabes que no te corresponde. Sé lo que es llegar a casa y que sólo te apetezca dormir eternamente. Y todo ello mientras ves como la cajera del supermercado –y no tengo nada en su contra- se levanta más pasta y más derechos que tú. ¿Por qué? Porque la educación –entendida como un papel firmado- no sirve para nada. 

En este país lo que sirve es militar, codearse y trapichear. Es la lección que me ensañan cada día quienes se erigen como mis líderes. Quienes dicen que van a sacarme de ésta y a restablecer el orden de las cosas. ¿Pero cuál es ese orden? Mi furia, señores, no viene provocada porque se me haya dicho que los Reyes son los padres. Mi cólera la desata cada día la hipocresía de un sistema basado en las mentiras y la ruindad. Sí, tengo mucho odio dentro, mucha rabia. Aquí me deshago de parte del veneno, para no morir un día si por accidente me muerdo la lengua. Pero otro me lo reservo. Lo guardo como una costra, como muchos otros jóvenes y no tan jóvenes de mi generación. Tal vez algún día, cuando alguien necesite de él para darle la vuelta a esta mezquinocracia impuesta, mi furia acumulada sirva para algo.