jueves, 16 de febrero de 2012

Garzón

Es triste que el primer condenado de la trama Gürtel sea el juez, Baltasar Garzón. Imagino que en ese punto estamos todos de acuerdo. Mucho he leído sobre el magistrado de la Audiencia Nacional estos días, mucho y muy poco sensato. Líneas que traslucen revanchismos absurdos y palabras que conjuran cazas de brujas. Mucha ciencia ficción y poca chicha. El otro día me detuve en una fotografía que un conocido colgó en una red social. A un lado de la imagen Camps, bajo la palabra «inocente». Al otro Garzón, «culpable».
Vamos por partes. Camps fue declarado «no culpable», que no es lo mismo que inocente. El jurado lo absuelve bajo esos términos porque con las pruebas aportadas por la acusación popular (que ejercía en este caso el partido socialista valenciano) son incapaces de determinar, sin dudas, su culpabilidad de los cargos que se le imputan. Es decir, que aunque el hecho punible se haya establecido, el caso queda sobreseído y el imputado absuelto. Que medios como la Razón abanderen su inocencia no quiere decir que sea lo que se haya determinado en sala. Las palabras son muy importantes. Ahora me meto con Garzón.
Mucha confusión reina en las calles. Seguramente fruto de las malas informaciones, intencionadas o no, que vomitamos los medios todos los días. El juez andaluz estaba imputado en tres cuestiones diferentes. La primera por prevaricación en el caso de las escuchas (declarado culpable el pasado 8 de febrero por el Tribunal Supremo). La segunda por un delito de cohecho impropio por el cobro de 1,2 millones de dólares por unos cursos financiados en Nueva York en los años 2005 y 2006 (el Supremo archiva la causa el pasado 13 de febrero por haber prescrito). La tercera es la que tiene que ver con la investigación de los crímenes contra el franquismo, donde Manos Limpias y la asociación Libertad e Identidad piden su inhabilitación por entender que hubo prevaricación (visto para sentencia). Es importante no mezclar churras con merinas.
En cuanto a la que me ocupa, porque de ahí ha surgido toda la polémica, la de las escuchas. Al margen de mis simpatías con el señor Garzón, por su defensa encarnizada por los derechos humanos en medio planeta y por haber destapado la mierda debajo del culo de muchos (al margen de sus motivaciones, más o menos inocentes). He de decir que la condena me parece justa. Sí, porque los jueces no deben quedarse al margen de la justicia. Porque la trayectoria de un hombre, por loable que sea, no debe otorgarle inmunidad de acción y porque (y aunque deteste citar a algún popular que otro) el fin no justifica los medios. El juez consintió las escuchas entre los imputados en el caso Gürtel y sus abogados porque había indicios policiales de que los mismos servían de enlace para mantener la actividad delictiva, hasta ahí todo correcto. El fallo viene cuando el magistrado ordena prorrogar las escuchas a pesar de que Correa, Crespo y compañía hubieran designado otros abogados y sobre ellos no hubiera sospecha policial de que estuvieran cometiendo delito alguno. ¿Se imaginan el precedente jurídico que sentaría una sentencia en sentido contrario? «No es posible construir un proceso justo si se elimina esencialmente el derecho de defensa»* y por ello las restricciones posibles deben estar especialmente justificadas. En este caso no lo estaban.
A veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Hay quienes elegimos la profesión de trepar a las copas para narrar lo que vemos desde lo alto, pero si nos quedamos a medio camino, el latigazo de una hoja podría dejarnos miopes. Y todos sabemos que la ceguera es altamente contagiosa. Es triste que el primer condenado de la trama Gürtel sea el juez, Baltasar Garzón. Y lo que me llena de rabia es que perdamos a un juez tan brillante porque se haya deslumbrado con su propia luz.

* Estracto de la sentencia 79/2012 emitida por el Tribunal Supremo