miércoles, 26 de diciembre de 2012

FERROL

Recuerdo la primera respuesta que di cuando empecé a trabajar en Ferrol y alguien me preguntó qué opinaba de la ciudad. Sombría, dije. Pensé después que aquel aire taciturno no lo desprendían las calles, sucias y rotas. Provenía, más bien, de un gesto fugaz que saltaba entre las caras. Una mezcla de rencor y recelo diáfanos en algunas miradas.
Más tarde lo supe. Ferrol molesta. Y los ferrolanos lo saben. Es una certeza tan arraigada en su ADN como su derecho a la existencia. Su capacidad marítima, trabada durante años por la fusión de lo militar y lo naval, se ha visto mermada por el devenir de los tiempos. Mientras la consolidación de la paz apartaba la Defensa de la mesa de las prioridades, los ferrolanos no pudieron más que asistir al desmantelamiento paulatino de lo que creían su ciudad. En esas estamos.
Con el tiempo aprendí a ver que entre la inquina y el mosqueo se criba por sus ojos el ansia de vida. De supervivencia. Recuerdo la primera respuesta que di cuando empecé a trabajar en Ferrol y alguien me preguntó qué opinaba de la ciudad. Sombría, dije. Siempre pensé que lo más inquietante de las tormentas son los rayos de sol que se cuelan entre las nubes negras. Porque cuanta más fuerza desprende la luz, más siniestras se tornan las sombras.
Ferrol ha sido condenado a muerte, pero morirá matando. Porque a Ferrol lo visten sus sombras, pero se define por sus luces.

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