sábado, 31 de diciembre de 2011

Hemos llegado al final

Hemos llegado al final. Y lo que nos ha costado. Cuando hoy he salido a la calle he respirado miedo. Incertidumbre. Angustia. La gente pasea encogida, pero no es el frío. Es la congoja. Temor a aquello que nos venden. Que nos imponen: Ajustes. Impuestos. Inflación. Déficit. Deuda. Paro. Nos dicen que la crisis azota, que nos pongamos a cubierto. ¡Traigan sacos de arena, levantaremos barreras! Malos tiempos para soñar son estos.
El año se despide difícil. No hay más que echarle un ojo a las últimas portadas del 2011. No he tenido valor para pasar una sola página. Aunque no sé si fue falta de arrestos o de estómago.
Adiós es una palabra que nunca me gustó demasiado. Pero en el acto de agitar la mano y alejarse, esta vez no me daré la vuelta. No voy a recorrer los hechos que marcaron estos últimos doce meses. No lo haré porque no puedo con ellos. Esta vez no. Pero sí les voy a dejar con las palabras de dos personajes que deberían salvarse del punto y aparte que insto a plantar esta noche.
Las primeras son de José Luis Sampedro. «Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia». Prólogo de ¡Indignaos! Por Stéphane Hessel. Las segundas son de Leonard Cohen. «Aunque estoy convencido de que nada cambia, para mí es importante actuar como si no lo supiera». Príncipe de Asturias de las letras 2011.
Quiero que recordemos esas palabras cuando nos digan que no podemos. Que traguemos. Que ahora toca aguantar y arrimar el hombro. Que en el 2012 no caben los sueños. Recordad que el realismo nos sacará de esta, pero será el idealismo el que nos mantendrá con vida.

Hemos llegado al final, pero esto es sólo el principio.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El silencio de los honrados

Ayer se cumplían tres años de la muerte de Igancio Uría Mendizabal. En su día escribí este texto para un blog diferente. Hoy lo rescato, por rescatar su recuerdo.

Les voy a contar la historia de un hombre y su pueblo. O la tragedia de un hombre por mano de su pueblo.
La persona que describo ronda los 71 inviernos, tiene el pelo cano y unos ojos visionarios que en los últimos años han tenido que recibir ayuda de unas gafas. Empresario, como su padre. Cree en la filosofía de convertir el negocio en un beneficio para la comunidad en la que vive. Tiene un carácter afable y divertido, del que disfrutan su mujer y sus cinco hijos.
Los dedos de la tragedia penetran en sus entrañas cuando digo su nombre: Ignacio Uria Mendizábal. Porque la zafiedad nacionalista tiene la cerda costumbre de dejarse las uñas largas para desgarrar cuanto encuentra a su paso. Claro, Ignacio tiene un defecto, ser guipuzcoano; de Azpeitia. Si Ignacio no fuera vasco, ningún miércoles 3 de diciembre le habría perforado la frente y el pecho con 9 milímetros de odio. Pero lo era, su bar era el Kiruri y su idioma el euskera. Su delito, el AVE; su sentencia, la muerte.
En su Ayuntamiento no proclamaron la repulsa por su asesinato, ni condenaron a sus ejecutores; la ikurriña no ondeó a media asta y el silencio se hizo cargo de validar el crimen. Y es que en Azpeitia no hay democracia, porque cuando matan a uno de sus ciudadanos la complicidad del mutismo de ANV se convierte en un hedor insoportable. En el Kiruri siguen jugando a las cartas y en los órganos de gobierno se hace y deshace con una pluma en la mano y una metralleta en la otra.

No da tanto miedo la maldad de los perversos
Como el silencio de los honrados