martes, 11 de enero de 2011

Gaiás

La historia está plagada de caprichosos. Quizás porque la veleidad es algo tan inherente al hombre como las uñas, los dientes o los pelos de la nariz. Tenemos el mundo poblado con sus improntas: Las pirámides de Egipto, el Taj Mahal, el Coliseo de Roma o la tumba de Qinshihuang. Y no quiero desmerecer con mis palabras el legado histórico que nos han dejado todas estas maravillas, sólo poner de manifiesto hasta dónde llega la naturaleza del hombre, que es capaz de anhelar la inmortalidad yéndose a la tumba junto a miles de figuritas de Terracota.
Por eso la democracia es el menos malo de los sistemas porque, además de evitarnos muchas barbaridades, es un subterfugio y filtro de muchas extravagancias individuales. Quiero subrayar la palabra muchas. El monte Gaiás es la visión de un viejo demente. Sí, la Ciudad de la Cultura es la ostentación vanidosa de un anciano que en toda su vida no necesitó más mausoleo que su trayectoria política. Y tanto escasean los líderes que cuando vemos algo que se parece a un estadista, corremos tras él con los ojos cerrados. Claro, y tan ciegos vamos que nos olvidamos que el poder corrompe, que la responsabilidad desgasta y que la mente patina con los años.
351 millones de euros es lo que nos cuesta su complacencia.Trece hectáreas de nada. Y vacuos, atormentados por la culpa y la estupidez, intentamos maquillar la falta: «Será destino de peregrinaciones laicas», «una referencia cultural sin precedentes», «un símbolo para Galicia» (como si no los tuviéramos ya). Hasta invitamos a la realeza a inaugurar un mar de piedra que no tiene destino ni objeto más allá que el de caer en la condenada dinámica del monumento gallego: criar musgo. En diciembre Galicia superó los 237.000 parados. Pero que eso no os inquiete, hemos hecho feliz a un muerto.

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