martes, 21 de diciembre de 2010

Y tú ¿Con qué te quedas del 2010?

El 2010 lo abrimos el 12 de enero. Eran las 16.53 hora local, cuando un sismo de 7.0 grados de magnitud arrasaba la tranquilidad a 15 kilómetros de Puerto Príncipe. A partir de ese momento y durante los 12 meses siguientes, la concatenación de acontecimientos ha formado una nebulosa extraña, en la que tus recuerdos y los míos divagan entre las sombras para configurar la borra del café de este año que expira.
Fue el año de la crisis por excelencia, de los recortes sociales en toda Europa, del rescate de Grecia. Del 29-S. El año que por más tiempo tuvimos paralizado el espacio aéreo. Y dio igual de quien fuera la culpa: de la nieve, de las huelgas o de las cenizas ¿recuerdan el volcán islandés? Fue el año en que atisbamos el fin de la Guerra de Irak y sólo uno más que sumar a la eterna y encarnizada lucha entre Palestina e Israel. Fue el año del deporte, del Waka waka, de la Roja, de las Vuvuzelas y de Rafita Nadal. Un asturiano se vestía el mono rojo de Ferrari y un mallorquín se hacía en Japón con el Mundial de MotoGP. La otra cara de la moneda es la impronta siniestra que dejó el dopaje, la operación Galgo.
Era verano cuando se derrumbaba cerca de Copiapó, una localidad del estado chileno de Atacama, una mina que dejaba bajo tierra a 33 personas durante 69 días. Su experiencia se convirtió en el Gran Hermano más espeluznante que han generado los medios y su calvario, en el merchandising más rentable de la historia de las catástrofes. Fue el año de la presidencia de España en Europa, el año de la prohibición de los toros en Cataluña, de la fusión de las cajas gallegas y de la ley del tabaco. El Xacobeo aterrizó en el camino de Santiago y a Galicia se le atragantó el corazón y le temblaron las piernas con la muerte de su artista más consolidada. Nos dejaba Ana Kiro. El 2010 fue el año en el que tuvimos que despedir a Berlanga, a Saramago y a Labordeta. Y Vargas Llosa tuvo que recoger el Nobel de Literatura para que recordásemos el verdadero significado de la palabra matrimonio.
¿A dónde van los almanaques de otro tiempo? preguntaba Cortázar. No tengo ni idea. Quizás cuando en unos años me preguntes qué recuerdo yo del 2010, te cuente historias de hospitales, de noches sin dormir y de abrazos que hielan la sangre. Quizás recuerde los colores de Egipto, las calles de Ferrol o el olor de todos aquellos lugares a los que escapé intentando encontrarte. Y quien sabe, quizás en un tiempo, cuando vuelvas a preguntar, también de todo eso me haya olvidado ya.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Coruña, los coruñeses y los Cantones Village

Podría decir que odio mi ciudad, pero mentiría.
Vivo en una ciudad que no sabe cómo llamarse, si en gallego o en castellano. Sus broncas sobre el tema han llevado a una guerra perpetua entre los que allí moran y los que allí creen que mandan. A consecuencia de ello, las arcas de la ciudad se vacían sin pudor en un bucle infinito de eles que llegan y eles que se van.
Vivo en una ciudad apretada. Su disposición peninsular le impide expandirse más que a lo alto. Como solución, algún concejal inspirado decidió ganarle terreno al mar, con el consecuente cambio de marea y la anual destrucción de buena parte de su paseo marítimo durante las galernas del otoño. A consecuencia de ello, las arcas de la ciudad se vacían de nuevo sin pudor en un bucle infinito de barandillas que vienen y barandillas que se van.
Vivo en una ciudad en la que las calles son estrechas y mal trazadas. Aun así, nuestro alcalde tiene a bien que estas luzcan como la Castellana: con medianas ajardinadas y carril bus. Lo que provoca que buscar aparcamiento en el centro sea una odisea y el pequeño comercio se vea obligado a echar el cierre. A consecuencia de ello, una vez más, las arcas de la ciudad se vacían sin pudor en un bucle infinito de bolardos que vienen y bolardos que se van.
Vivo en una ciudad que no llega a los 300 mil habitantes y supera los siete centros comerciales. Uno de ellos, todavía en construcción, pretende ser el tercero más grande de Europa. A algún técnico del ayuntamiento le untaron bien la mano y se dedicó a repartir licencias como si fueran chicles. No diré que a consecuencia de ello las arcas de la ciudad se vacían sin pudor en un bucle infinito de nada, porque es obvio que estas operaciones las engordaron para poder llevar a cabo todas las gilipolleces anteriormente citadas, pero lo que también cae de cajón es que esto es pan para hoy y hambre para mañana. Porque tanto bicho comercial sólo desertificará la ciudad y nos empobrecerá a todos cuando los mayoristas se den cuenta de que el negocio está en otro lado (porque créanme, más de la mitad de estos espacios, sobran).
Y finalmente, vivo en una ciudad en la que el último de sus habitantes está muerto. Muertos vivientes que hacen de la prepotencia su parapeto y del Facebook su escaparate. Todo ello les proporciona ese aura de estrella de rock venida a menos, que aun no sabe de su declive. La traducción de esta actitud se puede observar en algunas de las políticas más absurdas que ha puesto en marcha nuestro amado Concello: como el hermanamiento entre la Torre de Hércules y la Estatua de la Libertad. Nuestro complejo londinense también se puede ver en algún otro rincón de la ciudad, como el rebautizo de los Cantones por Los Cantones Village. Sonrojante, lo sé. Y sí, a consecuencia de todas estas remodelaciones cool, las arcas de la ciudad también se vacían sin pudor en un bucle infinito de carteles que vienen y carteles que se van.
Ayer paseaba pensando en todo esto cuando una maleta gigante se cruzó en mi camino. Formaba parte de la campaña del ayuntamiento para las municipales, supongo que para recordar a los votantes el logro más destacado del Gobierno municipal: la ampliación de Alvedro. Leyendo el slogan pegado en su superficie me entraron ganas de llorar: Gústame A Coruña. Sí pensé, a lo mejor llegó el momento de volver a emigrar.

Podría decir que odio a mi ciudad, pero mentiría.
Mentiría porque una vez me enseñaron que el odio es sólo otra cara del amor. Yo lo que siento por Coruña es sólo hartazgo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Un país secuestrado

Era viernes, 3 de diciembre y primera hora de la mañana. Miles de personas se acercaban a los aeropuertos. Empezaban las vacaciones. USCA (el sindicato de los controladores) permanecía alerta sobre lo que iba a decidir ese mediodía el Consejo de Ministros. Dos de la tarde: El Gobierno aprueba que no computarán, ni las bajas ni los permisos, en las horas máximas anuales que realice cada trabajador del sector.
A las cinco de la tarde caen Barajas y Palma de Mallorca. Lavacolla permanece abierto con retrasos de horas y la mitad de los controladores necesarios para operar. A las seis, AENA informa de la paralización del tráfico aéreo. Hasta las ocho y media de la tarde no comparece el ministro. Una hora más tarde (21.30) entra en vigor un nuevo decreto: los controladores quedan bajo la obediencia militar, lo que significa que si un controlador se niega a acudir a su puesto de trabajo (o a negarse a realizar su labor) podría estar incurriendo en un delito de responsabilidad penal.
A las dos de la madrugada comparece Rubalcaba. Amenaza con declarar el estado de alarma. Sábado (8.00 horas) la mitad de los controladores del turno de mañana acuden a su puesto. Pero se niegan a trabajar y el espacio aéreo permanece cerrado. Es mediodía cuando el consejo de ministros aprueba el estado de alarma y moviliza a los controladores: los que no cumplan con sus funciones podrían enfrentarse a consejos de guerra y graves penas de cárcel. A las 15.53 se reabre el espacio aéreo.

Se preguntarán qué desencadenó todo esto. Hace prácticamente un año el Gobierno decidió recortar las condiciones laborales de los trabajadores. Algunos pensaron, con acierto en mi opinión, que ya valía en este país de mantener a una élite a costa de todos los demás. Y más con la que nos estaba cayendo encima. Una de esas condiciones, la que consideraron más perjudicial, fue la que modificaba su jornada ordinaria. Dejarían de tener 600 horas extraordinarias y les sumarían a sus 1.200 horas ordinarias, 470. Traducido, trabajarían lo mismo, o un poco menos, pero sin el privilegio de cobrar las extraordinarias. Para que se hagan una idea, su sueldo cayó en 150.000 euros anuales. Pasaron de los casi 30 mil euros al mes a los casi 17 mil. Una medida que no gustó al bolsillo de los controladores.
Hace apenas 15 días USCA empezó a anunciar que los controladores se acercaban a las 1.670 horas trabajadas (su máximo anual). Una información que AENA negaba. ¿Qué pasó? Que llegó el puente, que vieron su oportunidad de presionar para recuperar sus privilegios y les importó un carajo lo demás. Simplemente tuvieron que dejar de trabajar. Lanzo una pregunta a modo de reflexión. ¿Por qué permitimos que 2.400 personas controlen los accesos de 46 millones? A ver si nos dejamos de chorradas en este país, convalidamos los títulos militares con los civiles y hacemos como Reagan, los 2.400 al puto paro y sin posibilidad de volver a ser funcionarios del Estado. Y luego, que reivindiquen sus derechos.