martes, 17 de agosto de 2010

Arde Galicia y se relamen los necios

La regla del 30 dice que cuando la temperatura roza los 30 grados, los vientos soplan por encima de los 30 kilómetros por hora y la humedad se sitúa por debajo del 30 por ciento, el riesgo de incendio es elevado. A mí se me ocurre otra regla, también con números. Cuando los presupuestos destinados a la limpieza de montes bajan, cuando los ambiciosos entienden que es su momento y los presidentes de la Xunta ocultan datos, mala cosa.
No hace ni cuatro años que Galicia era una antorcha a ojos del mundo. El verano del 2006 fue un fiasco. Un fiasco digo porque los montes estaban a monte (valga la redundancia) y los gobernantes en las Batuecas. Ese año se calcinaron en nuestra comunidad 82.000 hectáreas de superficie arbolada. Sé que el dato no les dice nada, pero si les digo que es un área equivalente a 240 Central Parks, o que abarca una extensión similar al 18% de toda la provincia de Pontevedra; la cosa cambia.
Todos los veranos se abren con la misma cantinela. La presentación de un plan para prevenir los fuegos que superará al anterior por esto, por lo otro y bla, bla, bla. En realidad, se juntan en la delegación del Gobierno unos cuantos señores de traje que se dan palmaditas en la espalda y se congratulan por lo merecidos que son sus exorbitantes sueldos. Este verano en concreto, el Pladiga vino a sustituir al Infoga (a juzgar por lo que se está viendo, mismos perros con distintos collares).
Y volvemos a lo mismo de siempre, a las zancadillas, la mezquindad y a la exaltación de lo necio. ¡Viva el alzhéimer y la vanidad! Y cómo escuece cuando hay muertos de por medio. Porque cualquier tragedia se puede usar para conseguir réditos electorales. Porque tus cagadas son mis triunfos y el sentido de estado, de nación o de comunidad, me lo paso por el forro de los… “Tirar cabichas 4 puntos” yo añadiría, “hacer leña del árbol caído, más cuando éste está calcinado, 4 legislaturas”.

Menos mal que se acercan las nubes...

martes, 10 de agosto de 2010

Sella 2010: partida y regreso

Todo parecía presagiar el desastre. Varios kilómetros antes de llegar a Arriondas los coches acumulados por los arcenes convivían con toneladas de basura, puestos ambulantes regidos por gordos sudorosos y sucios y cientos de miles de personas en un estado etílico lamentable. Avanzábamos con muchísima dificultad.
Hinchamos nuestra lancha con la ayuda de un surtidor de aire, nos armamos con remos y provisiones y encaramos el Sella con más resignación que ganas. Tardamos algo más de 10 minutos en decidir cómo íbamos a subirnos: sin empaparnos y sin volcar, claro. Los borrachos de ambas orillas empezaban ya a vitorearnos, impacientes por ver cómo tres monísimas mujeres iban a acabar caladas de pies a cabeza, antes incluso de empezar el descenso. Suerte del principiante supongo, pero conseguimos salir a flote con cierta elegancia y también, he de decirlo, bastante secas.
Rondaban las cuatro de la tarde. Los 900 palistas que competían en la bajada ya habían alcanzado Ribadesella hacía horas y por el cauce del río tan sólo quedaba algún despistado. Algún despistado y nosotras.
Nos dimos cuenta tarde que habíamos colocado mal los remos. Cuando quisimos dar la primera palada comprendimos que los habíamos montado al revés y que era mucho más corta la parte que entraba en el agua que la que sobresalía dentro de la balsa. Sólo fuimos capaces de corregir uno de ellos. El otro, casi tan terco como yo, no quiso desenroscarse por más que lo intentaron fornidos alcohólicos que chapoteaban por el río.
Nos encontramos por primera vez solas ante aquel paraje natural, tan precioso como temible. Temible porque por primera vez fuimos conscientes de que con aquella lancha hinchable, un par de remos mal colocados, algo de comida, un teléfono y mucho alcohol, teníamos que desplazarnos al menos varios kilómetros para encontrar algo de civilización. Nos quedamos quietas por un segundo evaluando la situación y pronto la risilla nerviosa dio lugar a la carcajada más sonora. No recuerdo bien quién apuntó el comentario más inteligente hasta el momento: «¡Hay que tajarse!».

Hoy, muchos días después de la gesta, diré que las agujetas merecen la pena, que el panorama desolador de la llegada se deja atrás con la compañía adecuada y que ir al descenso sin enfrentarse al Sella no tiene sentido.